LA FUERZA DEL DESTINO (CONTO TRADUZIDO)

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LA FUERZA DEL DESTINO

Mi nombre es María y soy de estirpe gitana. Mis raíces están incrustadas en el centro de la Madre Tierra, pues derivan del hijo menor del sabio rey Salomón. Mi antepasado, al fundar su propia tribu, se desplazó con ella a las orillas del río Indo, fértil ribera que la alimentó durante siglos. Pero llegó una época de sequía y bajas temperaturas que forzó a mi pueblo a huir en busca de alimento, así nos dispersamos por todo el mundo. Bagah, el hijo de Salomón, legó toda la sabiduría de sus ancestros a sus descendientes, por ello mi pueblo es conocedor de secretos que se sumergen en el más profundo arcano.

La reina del cielo nocturno nunca ha abandonado al pueblo gitano. Ha sido, durante siglos, su único fanal ante las adversidades de la noche, lo ha acompañado en el devenir de los siglos, siempre protegiéndolo, siempre amándolo y siempre trazando su destino.

Desde pequeña aprendí, de boca de mi madre gitana, que el hado estaba trazado en el cielo y que la mano de la luna lo había dibujado en una noche de orgía celestial. Siempre sonreí confiada hacia el hermoso astro, capaz de pintarse en plenitud, pero también de borrarse u ocultarse entre las tinieblas nocturnas. Eso aprendí de pequeña, y nunca me interesó la versión paya sobre las fases lunares que aprendí en la escuela.

Yo vivía en un circo en el que mi madre adivinaba el porvenir por medio de una baraja de cartas. Solía observar admirada el arte con el que adivinaba el futuro de las mujeres payas que la visitaban y que le pagaban por ello. Ella observaba los céntimos con aspecto de felicidad, aunque más que el dinero le importaba su don de ser capaz de adivinar el porvenir.

Mi padre era el hechicero del circo, pues con sus probetas y alambiques transformaba pedazos de hierro en pepitas de oro. Era el gitano más famoso del circo. Había estudiado en los libros de sus antepasados cómo realizar tal transformación química y la gente que acudía al circo disfrutaba de sus experimentos.

Por mi parte, a mis cinco años, creía fervientemente que mi hado lo había trazado con pulso firme la hermosa luna, a la que observaba todas las noches, antes de dormir, desde la ventana de mi carromato.

El día en el que cambió mi suerte habíamos plantado el circo en el claro de un bosque, cerca de un río. Por la noche, mientras mi madre leía el porvenir a la gente pudiente de la población, me marché a dar un paseo por la orilla del río, en el que se veía reflejada la nacarada cara de la luna llena. Yo la miraba mientras caminaba; unas veces parecía que me guiñara un ojo; otras, hubiese jurado que me sonreía. Pero lo que sí era cierto es que me observaba afectuosamente, como si de una hija se tratase. Y mirando, mirando, cuando me di cuenta, las primeras luces del amanecer se desperezaban. Yo estaba exhausta y sudada. Me quité el pañuelo que ahogaba mi garganta y se lo lancé cariñosamente a la luna. Ni que decir tiene que cayó en medio del río. Entonces, la señora de la noche, con un dedo, trazó un rayo de luz y me mostró dónde descansar. Entré en una cueva en la que me desplomé extenuada. No percibí la dureza de la piedra ni me di cuenta de que me iba helando poco a poco.

Pasaron muchos días antes que me despertara. Cuando abrí los ojos por vez primera, contemplé el rostro bondadoso de una paya algo mayor que mi madre. Ella me explicó que mis padres habían creído que me había ahogado, al encontrar el pañuelo en el río. De madrugada, al notar mi falta, habían salido todos a buscarme, pero no me habían hallado, solo habían visto el pañuelo en medio del río. De ello hacía ya varios días. De luto y llorando, habían abandonado el bosque y el pueblo.

Comencé a llorar asustada, pero Encarnación, que así se llamaba mi protectora, me tranquilizó. Me dijo que no temiera, que volverían.

Mas pasó el tiempo y los gitanos no volvían. Nunca retorné al bosque, pues, en sueños, me veía mirando feliz a la taimada luna, la que me había apartado de mi familia.

Empecé a ir a la escuela, en la que fui aceptada sin problemas por ser la pupila de Doña Encarnación, la benefactora del colegio. Comencé a vestir como una paya y, como una paya o una gitana enfadada, dejé de mirar a la luna, pues su hechizo me había perdido.

Encarnación me quería tanto como mi madre gitana, y eso lo notaba en sus constantes muestras de afecto. Era como si pidiese perdón al Señor por una felicidad que no había nacido para ella pero de la cual gozaba, o al menos eso pensaba yo entonces.

Por mi parte, había corrido un tupido velo sobre el pasado y no deseaba descorrerlo. Solo quise saber cuando conocí a Gabriel y visité otra vez el bosque. Ambos contábamos con quince años. Sus padres se habían trasladado a vivir al pueblo y él empezó a asistir al colegio conmigo. Hasta entonces no había tenido ningún amigo, pero Gabriel, un mozo guapo de ojos azules, me enamoró. Él debió de sentirse atraído por mi piel del color de la canela y por mi cabello azabache y ondulado, como buena descendiente de Salomón.

Una tarde paseamos hasta el bosque. A mi mente vinieron, como espectros del pasado, las caravanas del circo, pero el lugar en el que habían estado ubicadas estaba calcinado. Me asusté. Gabriel observó que mi boca se abría por el temor a lo desconocido que me invadía y rozó sus labios con los míos. Los primeros besos fueron tímidos roces de bocas, pero pronto se apoderó de nuestros jóvenes cuerpos el delirio más desenfrenado. Subió nuestra temperatura e inconscientemente comenzamos a desvestirnos. Gabriel observó la cueva y me arrastró sin dejar de besarme y de acariciarme. Pero una vez allí, al mirar la dura roca en la que había yacido cuando era pequeña, le dije que no deseaba continuar y que me dejara. Partió sin replicar, con la cabeza gacha. Pensé que el ser la pupila de la mujer más rica del pueblo me había ayudado.

Cuando llegué a casa, Encarnación me preguntó con quién había estado, horrorizada ante mi aspecto. Yo no lo descubrí, aunque no mentí. Le contesté que había estado con un chico en el bosque. Encarnación rompió a llorar dando por sentado por mis labios hinchados, casi sangrantes, que me había entregado como una mujerzuela. La tranquilicé, pero también le pregunté algo que hasta entonces no me había planteado:

-Encarnación, ¿cómo me encontraste?

-Mi historia fue muy desgraciada, hija; pero, después de tantos años de misterios, mereces conocerla. Nunca fui una mujer hermosa y, a pesar de mi patrimonio nada despreciable, nunca tuve a nadie que me amara. Mi interés se centraba, más que en el amor, en ser madre, y no me importaba quién fuese el padre. Un día fui al circo a que tu madre me leyese el porvenir en las cartas. Ella me aseguró que sería madre de una hija, aunque nunca pariría. Me quedé totalmente desconcertada, pues carezco de sobrinos y soy la única heredera de todos mis tíos. Sin embargo, no hice caso a tu madre y a la salida de la carpa me encontré con un guapo gitano que llevaba un sombrero de ala ancha acabado en punta.

-¡Ese era mi padre!-exclamé alborozada.

-Sí, pero yo no sabía que tenía mujer… Con el poder que da el dinero, lo cité en la cueva aquella noche. Allí me entregué sin pudor a él, y le pagué por ello. Los gitanos estuvieron más de un mes esa vez. Todas las noches hacíamos el amor bañados por la luz de la luna, así hasta que la aurora trazaba su primera corona… Y yo rezaba por quedar embarazada. Dos meses después estaba en cinta y sola. Me marché a un pueblo lejano en el que alquilé una casa como viuda. Allí nació mi hija María, mediante cesárea, que traje al pueblo en calidad de sobrina lejana y huérfana. Pero poco después volvió tu padre y los carromatos. Al saber que tenía una hija, vino a rogarme que se la entregara, puesto que su esposa no podía tener hijos y se estaba muriendo de pena. Las cartas le negaban el hijo que tanto anhelaba. Yo me resistí, lloré..., pero al final llegamos al acuerdo de que todos los años vendrían y yo podría verte. En el momento en que su esposa, tu madre gitana, tuviese un hijo tú volverías conmigo. Pero eso no se produjo nunca. Fue la moneda que tuve que pagar por ser madre. Volví a estar sola, pensé en el suicidio… Y en él pensaba la noche en la que tu padre hizo un experimento nuevo que hizo explotar medio campamento. Un amigo suyo vino a decirme lo que había ocurrido, pues sabía tu verdadera procedencia, y me confesó que no te encontraban y que parecía que te habías ahogado en el río.
Después de cinco años de dolor, me recorrí palmo a palmo el bosque y te encontré casi muerta en la cueva. El resto ya lo sabes, María, mi única hija.

María, a medida que se prolongaba la narración, había ido acurrucándose en el regazo materno como si fuese una niña pequeña. De los botones negros de sus pupilas brotaban pálidas y silentes lágrimas. Su madre la acariciaba sollozando.

Entonces María creyó en el hado que la luna le había trazado desde antes de nacer y que Encarnación conoció a través de la baraja de cartas de su madre gitana. La luna siempre la había protegido y la había devuelto a su verdadera madre.

Maria Oreto Martínez Sanchis

Espanha

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Respostas

  • BRONZE BABPEAPAZ

    PARABENS PARABENS querida Maria Oreto

    continuo a reler teu tão belo conto

    e continuo a sentir as lagrimas molhando os olhos em certas passagens!

    AMEI!

    Floresna_gua.gif

    110106072237749018.gif

  • BRONZE BABPEAPAZ

    esto muy cerca de ti!!! En Algarve! Cerca de Hayamonte/Huelva!!! tenemos 1h de diferencia!! Bueno...! Lo cerca es mediano!!jajaja Valencia aún son unos largos kilómetros, pero, sin embargo, no estamos lejos una de otra!!!

  • Meus parabéns Querida! Belas linhas! Beijos.

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  • DIAMANTE BABPEAPAZ

    Rico vocabulário, que aliado à beleza da

    tuas linhas encantam o leitor.

    Parabéns!

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    Beijosssssssssss

  • Que hermoso cuento Maria mucha emoción y creatividad...

    como es de esperar de tu excelsa pluma amiga 

    Muchas Felicidades y Suerte en el Certamen

    un beso gigante

  • Belo...belíssimo...encantada querida Maria Oreto.

    Conto sublime repleto de encanto...

    A lua sempre tinha protegido ela e voltou para sua verdadeira mãe. Maria Oreto Martínez Sanchis

    Evidenciei esta frase do final...

    Ser protegido pela lua...

    Poético, belo e mágico!

    Mil aplausos

    Beijos

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  • BRONZE BABPEAPAZ

    3543264768?profile=original

    BRILHANTE TU CUENTO Maria Oreto!!!

    magnifico!

    Bellas palabras de elevadisima calidad!

    simpatias-335x200.jpg

  • Gosto sim querida Maria Oreto, é maravilhoso...

    Obrigada por nos brindar com esta obra primorosa

    Agradeço de coração

    Beijos

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  • Bom dia querida Maria Oreto!

    Obrigada por compartilhar o teu lindo conto traduzido!

    Vida Cigana agradece!!! Grin.gif

    Reli e continuo encantada pelas tuas belas linhas.

    Um dia de paz

    Beijos

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  • Belíssimo conto querida Maria Oreto Martínez!

    Bem elaborado, repleto de emoção do começo ao fim...

    O destino tem uma força imensurável, nisto eu acredito!

    Meus aplausos  pelas linhas deslumbrantes que nos ofertou aqui,

    gostei muito querida amiga poeta!

    Participação brilhante!!!!

    Beijos

    3543253460?profile=original

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