LOCA SIESTA ESTIVAL. CUENTO EN PROSA POÉTICA

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LOCA SIESTA ESTIVAL


Tarde clara. Algodones de azúcar pretenden bañarse en el lago azul, que se pierde en el horizonte y se abraza a las grises y hermosas montañas que delimitan el paisaje veraniego. Mis pupilas se adormecen observando la cadenciosa danza de las hojas que me cubren de los descarados rayos de sol en este día plácido de estío. Como decía mi padre, un buen agricultor, el suave baile del viento sobre el agua, ese tenue oleaje, se parece a una lechuga, que se va pelando poco a poco pero de la que nadie llega a descubrir el cogollo.


Cada vez que recuerdo estas palabras pienso en ti. Tú eres mi gran enigma, el corazón que no he llegado a desnudar, a pesar de la gran pasión platónica que vivimos y que aún palpita en mí como el fuego de la quimera imposible. Eres el sortilegio de una noche de San Juan cuando, entre risas y bromas, a orillas de este lago, posé por primera vez mi mirada en ti.


Aún sueño, a veces, con tus ojos castaños verdosos que me contemplan con aquella mirada escrutadoramente irónica con la que me observabas aquella noche, y tantas otras. Aún te pienso mirándome y acercándote con aspecto decidido. Aún recuerdo el arrebol que cubrió mis mejillas de virgen pudorosa y la sonrisa burlona que brotó como un aguijón de tus labios, avezados a causar reacciones de timidez. Eras osado y atractivo. Lo sabías, y te sentías dueño y señor de tus anhelos y de los de las mujeres que estuviesen a tu alcance. Sin embargo, habías encontrado en mí la suela de tu zapato, la mujer a la que nunca conseguirías conquistar, aunque se muriese de pena por tu amor.


Muchas hogueras de San Juan han transcurrido desde entonces. Hoy, justamente en este verano de 2015, he conocido, por fin, qué fue de tu vida. Muchas veces me lo había preguntado a lo largo de los lustros en que, en tantísimas ocasiones, he temido encontrarte del brazo de una mujer hermosa, casado y feliz. Durante años me he sentido terriblemente triste al imaginar qué hubiese acontecido con nuestra existencia si hubiera sido una mujer mundana, o si tú hubieses sido el chico dulce con el que había soñado. Seguramente nuestra pasión hubiera cuajado en amor y tú serías el padre de mis hijos.

Esta mañana he sabido que estás enfermo del corazón desde joven y que no te has casado. Hoy he conocido, de boca de una amiga mutua –más tuya que mía-, que te operaron, a vida o muerte, del cogollo que no llegué a encontrar, aunque tanto busqué. Hoy sé que hubiese deseado amarte y ser tuya en aquellos tiempos, pero valoro en su justa medida mi situación actual.


El destello de un indiscreto rayo solar me está despertando y vuelvo a perderte, aunque te hallé entre les quimeras de un loco sueño estival junto a nuestro lago.


Maria Oreto Martínez Sanchis.

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